The Conversation
Chip Colwell, University of Colorado Denver

Ahora sabemos qué aspecto tiene la historia cuando arde.

La noche del 2 de septiembre, el Museo nacional de Brasil iluminó el cielo de Río de Janeiro. Quizá fue a causa de un globo aerostático que aterrizó sobre el tejado o de un cortocircuito en un laboratorio. El incendio destruyó el histórico edificio de 200 años de antigüedad. Es más que probable que haya desaparecido una colección de vestimentas ceremoniales indígenas, el primer dinosaurio encontrado en Sudamérica, mobiliario de la monarquía portuguesa, antiguas momias egipcias y una rica biblioteca, entre otras muchas cosas. En seis horas, unos 18 millones de piezas se convirtieron en humo y cenizas.

Ver las imágenes del museo totalmente destruido es una pesadilla para un conservador como yo. Sé que la mayoría de las colecciones de los museos son irremplazables. Pero, en mi opinión, el incendio también nos sirve de advertencia, ya que lo que más daño hace al patrimonio colectivo de la humanidad no son los desastres naturales, sino los de origen humano.

Las cenizas del museo nos enseñan una lección muy importante.

Paredes blancas e imponentes columnas señalan que este lugar es prístino y eterno.
Tamara Menzi/Unsplash, CC BY


Los peligros que afrontan los museos

Concebimos los museos como permanentes e intemporales. Son lugares repletos de columnas griegas, paredes de un blanco inmaculado y vitrinas repletas de objetos. Lo importante es que un museo y sus tesoros existan más allá de nuestra visita fugaz, conectando así el pasado, el presente y el futuro. Ya sea exhibiendo dinosaurios o dodos, arte o piezas de arqueología, el museo es la caja fuerte de las maravillas naturales del mundo y los logros de la humananidad. Un museo aspira a ser una fortaleza contra el tiempo.

La realidad es que el tiempo es inexorable e implacable. Los museos están atrapados en una lucha constante contra el deterioro y una amplia variedad de amenazas naturales y humanas. Existe incluso un listado de “agentes de deterioro” que los museos utilizan para evaluar los riesgos de sus colecciones, vigilando desde los insectos hasta la temperatura, pasando por el agua y el fuego.

A veces se recuperan piezas saqueadas, como la ‘Máscara Warka’, un artefacto sumerio del año 3100 a.C. robada del Museo Nacional de Irak cuando el régimen de Saddam Hussein se derrumbó. Pero a veces no se recuperan.
AP Photo/Samir Mezban


Estos riesgos evolucionan constantemente. La guerra puede convertir un museo de la noche a la mañana en un paraíso para los saqueadores, como ocurrió con el Museo Nacional de Irak. Las fuerzas del mercado o la venganza contra el colonialismo pueden incitar a los ladrones a robar obras, como la serie de robos de arte chino que ocurrida recientemente. Algunos incluso añaden el cambio climático al listado de amenazas al que se enfrentan las colecciones, como el Bass Museum de Miami Beach, que se está preparando para un aumento del nivel del mar.

Para los conservadores de museos, existe una variedad de peligros escalofriante que podría acabar con los tesoros que tenemos el encargo de proteger. Durante mucho tiempo, el fuego ha encabezado la lista. En 1865, el Smithsonian de Washington, D.C. conocido como “el trastero de América”, se incendió, provocando lo que se consideró un “drama nacional”. Durante los últimos años, las llamas han destruido también el Museo del Palacio Real de Madagascar, el Museo de Historia Natural de Delhi y un museo de Historia en el estado de Washington que albergaba pertenencias del difunto músico Kurt Cobain.

A pesar del evidente riesgo de incendio, los informes sugieren que el Museo Nacional de Brasil no estaba debidamente preparado. Aparentemente carecía de un sistema de extinción. Las bocas contraincendios cercanas estaban secas.

La chispa que inició el fuego surgió de improviso, pero la deflagración que hubo después no.

Frenar el deterioro exige muchos recursos.
AP Photo/Nasser Nasser


Las colecciones no se cuidan solas

La mayoría de las amenazas que ponen en peligro a los museos pueden ser mitigadas. Los programas de conservación sirven para exterminar con los insectos que se comen las obras, se puede controlar la temperatura y la humedad de las salas y depósitos, los sistemas de seguridad sirven prevenir los robos y mucho más. Sin embargo, poner en marcha estas medidas requiere recursos.

Parece que en eso fracasaron los conservadores de Brasil. Al tratarse de un museo nacional, los representantes públicos eran los responsables de proporcionar los fondos necesarios al museo. Pero no lo hicieron y en museo cayó en el abandono. Con las instalaciones y el equipo adecuados, probablemente el incendio del museo de Brasil no habría sido tan desastroso.

Estas carencias no se limitan a Brasil. Un informe de 2016 reveló que los seis museos nacionales de Canadá no cuentan con financiación suficiente, a pesar de recibir 60 millones de dólares anuales. En Estados Unidos, el presupuesto de 2019 del presidente Trump pretendía eliminar por completo tres agencias federales muy importantes: la del National Endowment for the Humanities, la del National Endowment for the Arts y la del Institute of Museum and Library Services. En ellas se encuentra gran parte del patrimonio cultural del país. Pero, en 2018, el Congreso aprobó aumentar modestamente la financiación de las tres agencias.

Las paredes por sí solas no pueden proteger lo que hay dentro.
Scott Webb/Unsplash, CC BY


En Brasil, los que manejan el dinero de los ciudadanos deberían aprender una valiosa lección: que los museos no son para siempre. Las colecciones no están siempre a salvo. Requieren inversiones bien orientadas y una gestión proactiva para asegurar su supervivencia a largo plazo. De lo contrario, que se produzca un nuevo incendio es solo cuestión de tiempo.The Conversation

Chip Colwell, Lecturer on Anthropology, University of Colorado Denver

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