Por Eduardo Montes de Oca

Tantos entendidos no pueden estar equivocados. El cambio climático representa un hecho, aunque augustos personajes tales Donald Trump, presidente de EE.UU., la mayor potencia mundial, una de las dos más colosales contaminadoras, cierre los ojos ante la evidencia y haya retirado a su país del Acuerdo de París sobre la transformación en curso, aprobado nada menos que por 195 naciones, en diciembre de 2015, y que tenía (tiene) como fin ir reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero a partir de 2020, para nosotros una fecha un tanto tardía.

Tardía por el más que tangible agolpamiento de los entuertos. Con colegas zahoríes, recordemos los desastrosos terremotos en Japón, Haití, China, Chile, Indonesia, Pakistán, México; las inundaciones en Bolivia, Colombia, Venezuela, Brasil, Guatemala, Australia, Vietnam, Bangladesh, Filipinas, Mali, Níger, Burkina Faso; los enormes incendios en Rusia, Portugal, América del Sur, Asia; las desproporcionadas nevadas en los Estados Unidos, México, Europa; la perceptible elevación del nivel del mar, que acarrearía la desaparición de islas y amplias extensiones de tierra.

No en vano 375 miembros de la Academia de Ciencias de los Estados Unidos, incluidos 30 premios Nobel, en una carta publicada en el portal Climate Interactive, denunciaron que “esa decisión traerá graves y largas consecuencias para el clima de nuestro planeta y el incumplimiento del Acuerdo empeorará claramente las perspectivas de calentamiento global”.

Hasta de “cuentos chinos”, o “de los chinos”, ha juzgado el magnate y mandatario los argumentos resumidos con pleno rigor en la capital francesa, tratando de enmascarar con esa salida de tono, esa astracanada, ese “pujo” en buen cubano, los verdaderos intereses, cortoplacistas, de su negativa. Pero como más rápido se alcanza a un mentiroso que a un renco, la verdadera razón de la medida la aclaró el hombre, con estrechos nexos con compañías internacionales, al señalar que “abandonar el Acuerdo de París ayudará a las industrias de petróleo y carbón; no queremos que otros países se rían de nosotros. No lo harán. Fui elegido para representar a los ciudadanos de Pittsburg, no a los de París”.

Como evoca un analista, innúmeros investigadores aseguran que poderosas firmas relacionadas con los hidrocarburos ejercieron gran influencia sobre la Casa Blanca. “Se estima que este año, el gigante estadounidense producirá 9,5 millones de barriles diarios con la peligrosa técnica de fracking, proceso que según los expertos produce contaminación de la atmósfera, de las aguas subterráneas, emisiones de gases de efectos invernadero (metano), sismicidad inducida, daños acústicos e impactos al paisaje. Parece que todos los riesgos son aceptables siempre y cuando el país pueda alcanzar la autosuficiencia energética y disminuir las importaciones de crudo”.

Ese método, explica el observador, consiste en “extraer gas atrapado en el subsuelo, para lo cual se fracturan las rocas de esquisto (pizarra), ubicadas entre 4 000 y 5 000 metros de profundidad y entre 1,5 y tres kilómetros de longitud horizontal. Para que fluya el gas o petróleo, se inyecta agua a presión, así como varios productos químicos con altos riesgos de contaminación de los acuíferos. Desde 2005, cuando comenzó esa técnica a gran escala, cerca de un billón de litros de agua dulce se han utilizado; alrededor de 146 hectáreas de suelo degradadas; 100 millones de toneladas métricas de equivalente de CO2”.

Es este, a no dudarlo, uno de los detonantes de una metamorfosis con la que están vinculadas nueve de cada diez catástrofes naturales, según la Oficina de Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres y el Centro de Investigación de la Epidemiología de los Desastres. De ahí, conforme a plausibles informes, la mayor frecuencia de las sequías, las olas de calor, las inundaciones, junto con impactos sobre la salud humana, la extinción de las especies, la degradación del hábitat y una menor productividad de las cosechas.

Así que el inefable Donald borró de un plumazo la promesa de Barack Obama de entregar tres mil millones de dólares al Green Climate Fund, que ayuda a los países pobres a luchar contra el cambio climático y a adaptarse a éste. El sustituto en la Oficina Oval se ha convertido, por antonomasia, en uno de los sumos culpables de la posibilidad de que, dado el ritmo actual de emisiones de gases de efecto invernadero, para el 2100 la temperatura media global aumente entre 3,7 y 4,8 grados respecto a los niveles preindustriales, con la consiguiente aceleración de sismos, huracanes, tornados, derretimiento de glaciales, plagas infecciosas… ¿El Apocalipsis?

Ya está aquí

Confesemos harto difícil resumir la cantidad de evidencias de la hecatombe en curso, y ojalá que conjurable en su totalidad. En los últimos tiempos, el océano Atlántico ha sido escenario de peligrosos fenómenos: transitaron por él simultáneamente tres poderosos huracanes, que dejaron una inédita secuela de suelo arrasado, tragedias materiales y humanas. Baste acotar que en los Estados Unidos hay quien ¿desbarra? sobre el siglo que se necesitaría para la recuperación de la neocolonia caribeña. José y sobre todo Irma asolaron las islas de San Martin, Antigua y Barbudas, y provocaron numerosos daños en Puerto Rico, República Dominicana, Cuba, mientras Katia arremetía contra México.

Con su andar demoledor, Irma llegó hasta territorio norteamericano, y unido al Harvey, que semanas antes penetró por Texas con enorme cantidad de agua y viento, costará a EUA 290 000 millones de dólares, equivalentes al 1,5 por ciento del producto interno bruto (PIB), según la cita que la digital Rebelión hace del servicio meteorológico privado Accuweather.

Lo cual nos pone en una disyuntiva práctica: tratar de descifrar si la renuencia de Trump obedece a una personalidad frívola, que acusan sus exabruptos, desplantes, paranoia tuitera, narcisismo… o que en él puede más el presentismo inherente al sistema que lo prohija… Aunque nos inclinamos por lo segundo. Porque de tonto ni una hebra de su exótico peluquín. El viejo Donald debe de tener conocimiento (¿lo tendrá?; esperemos que sí) de que la acción climática es buena para la economía, y que los Estados Unidos tienen mucho que perder si no toman las medidas para reducir el riesgo y el impacto de la transformación, como ha dejado claro una nota para IPS de Tharanga Yakupitiyage, quien alude a la conclusión del Fondo Universal Ecológico, el cual detalla la repercusión gravosa de la falta de acción, y urge a diseñar políticas para un futuro sostenible.

“No es una cuestión ideológica, sino de buen olfato para los negocios”, dijo a IPS el expresidente de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia, James McCarthy, uno de los autores de un estudio que estima que los daños causados por los tres huracanes arriba mentados y los incendios forestales ascienden a 300 000 millones de dólares, alrededor de 70 por ciento de lo que consumieron los 92 eventos climáticos de la postrera década. De acuerdo con los Centros Nacionales para la Información Ambiental, de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica, se multiplicó por 2,5 el número de eventos que implicaron perjuicios y pérdidas por 1 000 millones de dólares en el último decenio.

Sucede que, “al quemarse los combustibles fósiles, como el carbón, el petróleo y el gas natural, más de 80 por ciento de la energía primaria generada y usada en este país, liberan grandes cantidades de dióxido de carbono a la atmósfera y aceleran la variabilidad climática. La regulación del volumen de emisiones contaminantes redujo la contaminación aérea en 35 por ciento, o casi en 67 000 millones de dólares al año, pero la quema de combustibles fósiles todavía tiene un elevado costo para la salud, que asciende a 240 millones de dólares al año. De seguirse usando, las pérdidas económicas podrían llegar a los 360 000 millones de dólares al año, o 55 por ciento del crecimiento de Estados Unidos en la próxima década. Según el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, un impuesto a las emisiones de carbono podría generar unos 200 000 millones de dólares en la próxima década. La iniciativa ha sido controvertida porque se teme que las empresas trasladen el costo a los consumidores aumentando el precio de la gasolina y de la electricidad. Pero McCArthy señaló que la población ya soporta ese peso en términos de los daños que dejan eventos climáticos extremos y de los gastos que implica el aire contaminado”.

Sin embargo, haciendo galas de tozudo pragmatismo, el principal inquilino de la Casa Blanca ha cometido no solo la asaz errónea salida del Tratado de París, sino que se ha explayado hasta deshacer diversas importantes normas de protección ambiental, entre ellas el Plan de Energía Limpia, que procura reducir la propagación de carbono de las centrales de generación eléctrica en toda la Unión. Algo que no solo compromete el futuro (y el hoy) de Norteamérica, sino del mundo en pleno.

¿Por qué esa miopía?

Ocurre que el cambio climático es buena porción del síndrome, pero la dolencia es el capitalismo (de ahí, la actitud del “entrampado” Trump). Algo que asevera con superlativa propiedad, en conversación con Gorka Castillo, de CTXT, Jorge Riechmann, profesor de Filosofía Moral en la Universidad Autónoma de Madrid, traductor, poeta, ensayista y miembro de Ecologistas en Acción. En su libro Autoconstrucción, acerca del que nos habla en la citada entrevista, el académico nos provee de un manojo de agudas reflexiones sobre un modo de vida que dirige a la humanidad hacia el despeñadero.

Califica el pensador el siglo XXI como “la era de la gran prueba”, ya que “somos la primera generación que entiende perfectamente lo que está pasando con el clima y posiblemente seremos la última que pueda evitar la catástrofe hacia la que nos dirigimos.”

Riechmann censura sin ambages la mercadotecnia del “buenismo”, de la que hace galas el Sistema, convocando a cumbres en las que a muchos se les llena la boca con compromisos medioambientales y “energías verdes”, y luego estigmatizan a los movimientos conservacionistas como ingenuos apestados. La realidad que dibuja es desoladora. Pero no le cabe la resignación. “Aún podemos actuar contra este modelo de producción salvaje porque no está sujeto a ninguna ley física, como lo está la naturaleza, que impida cambiarlo”. Y aquí nos “contagia” de su esperanza.

Proclama que sí, que tiene solución el orbe. “Lo que no tiene sentido es intentar salvarlo interviniendo sobre el consumo y dejando intacta la voraz cultura productiva. Ambas variables caminan de la mano aunque no valga sólo con esto. Por nuestro comportamiento depredador con los recursos naturales y la biosfera habría que hablar también del extractivismo y, a mi modo de ver, también del exterminismo, una noción acuñada por el historiador británico E. P. Thompson para explicar la estructura del mundo a finales del siglo pasado, cuando las dos superpotencias nucleares enfrentadas amenazaban con aniquilar cualquier rastro de vida en el planeta”.

En una apasionada arremetida contra el régimen universalizado, nuestro hombre refiere que la medida referencial del triunfo es el PIB. “Es la locura típica de una cultura denegadora como la nuestra. Digo denegar porque va más allá de ignorar lo que pasa y es no ver lo que tenemos delante de los ojos. Significa que no nos hacemos cargo de las consecuencias de seguir chocando contra los límites biofísicos de manera violenta. Nos hacen creer que vivimos en una especie de Tierra plana en la que podemos avanzar de manera infinita porque los recursos naturales son inagotables y la capacidad de absorción de la contaminación es ilimitada. Esto es una fantasía porque las leyes de la naturaleza, de la física, de la dinámica de los seres vivos nunca podremos cambiarlas, por grandes que sean nuestras ilusiones al respecto”.

Para el catedrático, el calentamiento global, constituyendo una realidad devastadora, supone solo la manifestación de otras dinámicas que deberíamos atajar si ansiamos evitar la ruina. “Nuestro principal problema ambiental es la extralimitación ecológica, el choque de las sociedades industriales contra los límites biofísicos de la Tierra. Si utilizamos la herramienta de la huella ecológica como indicador del impacto ambiental generado por la demanda humana podemos observar que, en la actualidad, consumimos los recursos inexistentes de 1,5 planetas Tierra. Y eso a pesar de las carencias y desigualdades que asolan a buena parte de la humanidad. Dicho de una forma más didáctica: si quisiéramos generalizar al resto del mundo el modo de vida de los españoles necesitaríamos tener tres planetas como la Tierra a nuestra entera disposición. Y si quisiéramos generalizar el de EE.UU., que muchas veces ponemos como ejemplo de éxito, necesitaríamos seis. Es una locura que emana de esa construcción económica de tierra plana de la que hablaba antes”.

Entonces llega al meollo. Coincidamos con él en que la mencionada formación socio-económica, de dinámica autoexpansiva, “deniega cualquier salida alternativa. Para hacer frente al cambio climático deberíamos cuestionarnos antes los resortes básicos del capitalismo, algo que parece prohibido”. Y aquí se lanza a una quizás demasiado inflamada opinión, puede que digna de otro matiz, aunque lo fundamental, la esencia del estropicio, sí es la develada: “Por eso digo que las cumbres mundiales sobre el calentamiento global no son realmente efectivas sino más bien ejercicios de diplomacia teatral”. Porque “confunden a la opinión pública. La prueba es que los más grandes expertos en el cambio climático como James Hansen, a quien podríamos considerar el climatólogo jefe del planeta, calificó de farsa la cumbre celebrada en París. Se intenta poner un límite a las emisiones a la atmósfera de gases de efecto invernadero pero los límites son absolutamente incompatibles con el sistema productivista actual. Aunque el síntoma sea el calentamiento climático, la enfermedad se llama capitalismo”.

Conforme al perito, el proceso de sensibilización medioambiental se quebró en los años ochenta, precisamente con la fase neoliberal. Desde entonces, aduce, se ha experimentado un constante retroceso, a pesar del aumento de lo que algún técnico “denomina sosteni-blablá, es decir, mucho discurso, mucha cháchara, mucha propaganda y mucha estrategia de comunicación sobre energía verde. Pero la realidad vuelve a ser demoledora: la acción brilla por su ausencia y los planteamientos de fondo, incluso aquellos realizados por gente del establishment como Sicco Mansholt, son estigmatizados por rechazar el dogma del crecimiento infinito”. Algo inherente a esas fuerzas productivas-destructivas a que aluden insignes seguidores de Marx, complementando al maestro.

A juicio del interpelado, hemos arribado al punto de que lo que hace 30 años hubieran sido estrategias de cambio gradual actualmente no están a nuestro alcance. “Para hacer frente al calentamiento global necesitamos salir a toda prisa del capitalismo salvaje en el que hoy nos movemos. Los cálculos teóricos realizados por investigadores canadienses sobre las opciones que asomarían de respetar los límites biofísicos de la Tierra indican que, por ejemplo, el parque móvil de un país como España, que tiene 15 millones de coches, debería ser de unos 180 000 vehículos con motor de combustión. Pero claro, eso es inaceptable en términos industriales. El caso es que, si no se acepta esta realidad, no hay lucha alguna contra el cambio climático”.

O lo que deviene igual: la humanidad estaría condenada si no renunciara al estilo de vida capitalista. Y a la pregunta de qué impide trocarlo, el abierto anti status quo responde algo con lo que también comulgamos: “Que no nos creemos lo que sabemos. Si fuéramos capaces de hacerlo, tomaríamos decisiones racionales para cambiar un modelo que nos lleva a la destrucción. Para que esto se produzca nos haría falta un enorme ejercicio de reforma intelectual y moral. El problema es que nuestras sociedades están organizadas contra eso. Fatídicamente, el neoliberalismo se impuso con sus ideas aberrantes de que todo depende de los gustos y preferencias individuales, y que igualdad y libertad son dos principios contrapuestos, cuando una mínima reflexión indica que es una falacia. Necesitamos bienestar humano pero necesitamos que sea compatible con los límites biofísicos del planeta”.

Ahora, ¿el archimencionado Donald Trump estará entre los que comprenden cabalmente lo que transcurre, el raudo acercarse de la debacle? Si resulta así, ¿cómo puede entonces tomar tamañas absurdas decisiones? Ah, el Sistema es tan maquiavélico que no permite a unos cuantos ver más allá de sus narices… perdón: de sus millones. Entonces, seamos radicales. Luchemos contra él a brazo partido. Sí nos concertamos, venceremos.

Este artículo fue publicado orginalmente en rebelion.org.