Por Jesús Cuadrado, Cuarto Poder

En el mundo de ayer se podían cambiar las opiniones, pero no los hechos. ¿Por qué se miente sobre hechos evidentes de forma tan burda? Solo se puede sorprender quien desconozca la existencia de un mundo nuevo, otro ecosistema. Es el territorio que controlan Facebook y las grandes tecnológicas, del que emergen Trump y otros populistas farsantes como él. Un territorio dominado por “algoritmos asesinos” que están modificando nuestra forma de ser y de pensar, que nos conducen donde quieren sus dueños.  Esa red de poder está ahora llamando más la atención porque ha entrado de lleno en la política y las elecciones, pero es síntoma de un mal más profundo. El software, los algoritmos amaestrados, se están comiendo el mundo como si nada, sin disparar un tiro.

«El mundo, dominado por ‘algoritmos asesinos, que controlan Facebook
y las grandes tecnológicas, del que emergen Trump y otros populistas
farsantes como él»

¿Por qué se miente sobre hechos evidentes de forma tan burda? Solo se puede sorprender quien desconozca la existencia de un mundo nuevo, un ecosistema diferente en el que, empleando la metáfora de Alessandro Baricco en Los bárbaros, ya no se respira por los pulmones, se respira por branquias. Es el mundo que han universalizado Facebook y las grandes tecnológicas, del que emergen Trump y otros populistas farsantes como él. Un territorio dominado por “algoritmos asesinos” que están modificando nuestra forma de ser y de pensar, que nos conducen donde quieren sus dueños.  Esa red de poder está ahora llamando más la atención porque ha entrado de lleno en la política y las elecciones, pero es síntoma de un mal más profundo. El software, los algoritmos amaestrados, se están comiendo el mundo como si nada, sin disparar un tiro.

Cuando Cristopher Wylie, famoso estos días como responsable de Cambridge Analytica, alardea de haber decidido sobre el Brexit, puede que exagere, pero exhibe un poder real sobre el uso de los Data en la política. Como cuando manifiesta que tiene cinco mil datos de cada elector estadounidense, gracias a Facebook. El jefe, Marc Zuckerberg, es menos sincero cuando habla de errores a propósito de la utilización de herramientas proporcionadas por su macroempresa en la campaña tramposa de Trump en 2016. Ya entonces decía que se trataba de plataformas neutrales para uso y beneficio de todos. “Nuestro objetivo es dar voz a todas las personas”, escribió en Facebook. Es decir, Dios-Zuckerberg es bueno y empleará su poder planetario de manera justa. La cuestión es cómo puede una democracia digna de tal nombre permitir que alguien tenga tal poder. ¿Cómo es posible que no existan leyes que regulen el gobierno de los datos?

«Para comprar o para votar, para informarse o para leer un libro, para ver televisión o para elegir un destino de ocio, será inevitable pasar por las redes de GAFA»

Unos datos que circulan por Google o por Facebook, no con la libertad a la que se refiere Zuckerberg, sino guiados por los muy orientados “algoritmos asesinos”, que tienen un dios creador. No son herramientas científicas, son instrumentos de fontanería que dirigen el agua en dirección predeterminada, que llevan la carga al lugar que conviene. No son errores que se corregirán, como dicen, son un método universal, y predeterminado conscientemente, de almacenamiento de datos convertidos en la mercancía de mayor valor en el mundo que nos están creando estas grandes tecnológicas. Un mundo en el que, sea para comprar o para votar, para informarse o para leer un libro, para ver televisión o para elegir un destino de ocio, será inevitable pasar por las redes de GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon). Sus algoritmos nos llevan de la mano. Se han convertidos en auténticos monopolios, con un poder desconocido hasta ahora. Con su expresión beatífica de heroicos hippies han construido una dictadura de un poder desconocido y alarmante.

Han ido enlazando algoritmos que adaptan creencias y opiniones a un pensamiento único en el que van desapareciendo opiniones críticas que agiten conciencias, en el que todo lleva hacia lo que algunos han llamado “mente colmena”, que, como señala Franklin Foer, tenaz investigador sobre los métodos de manipulación de las tecnológicas, es una mente intelectualmente incapacitada para distinguir los hechos de la ficción, con un sesgo que confirma la versión oficial, la que apoyen los dioses que pastorean los “algoritmos asesinos”. Bien entendido que ellos pueden apostar por la alternativa que les convenga en cada caso. No se trata tanto de elegir entre Donal Trump o Hillary Clinton, de lo que se trata es de “quién manda”. Y mandan Dios-Zuckerberg, Dios-Bezos, o algún otro dios de este nuevo Olimpo.

«Amazon logra vender el 65% de todos los libros electrónicos y más de 40% de todos los libros y ha conseguido que todo el mundo editorial dependa de él»

Para conocer cómo han logrado llegar a convertirse en monopolios inatacables es conveniente analizar cómo cazan. Es útil seguirle la pista a Jeff Bezos, de Amazon, para averiguar cómo se logra vender el 65% de todos los libros electrónicos y más de 40% de todos los libros, cómo ha conseguido que todo el mundo editorial dependa de él. Su plataforma discrimina unos productos sobre otros. Y avisa: eliminará con sus algoritmos los libros de las editoriales que rechacen sus condiciones. Y funciona como demuestran las cifras del negocio. Ahora Trump le amenaza. No engaña a nadie; en ese mundo, él es un subordinado, quien decide es Dios-Bezos.

No era más sociable Steve Jobs, cuando diseñó un iPod que no era beligerante con la música robada y decidió que no bloqueara los contenidos sin licencia, aunque, eso sí, declaraba estar en contra de los robos digitales. ¿La trampa? Navegar hacia el monopolio creando poco después iTunes, una tienda en línea con vocación de evitar competidores. De hecho, el 60% de las descargas de música se vende desde esta plataforma.

«Lo que les importa, a Amazon, Google y Facebook, es crear adictos a sus dispositivos para monopolizar los mercados. Cobran poco pero por nada y a cientos de millones»

Como Zuckerberg, sin competencia posible, hasta el punto de que sus contrincantes ya nacen, no para intentar sustituir a Facebook, sino con vocación de ser absorbidos al mejor precio posible. Zuck Fader, su nombre de guerra cuando solo era un joven aspirante a pirata, es el más ambicioso. Quiere controlarlo todo, aunque disimule. Por ejemplo, la prensa. Su proveedor de noticias, nos dice, ha convertido a Facebook en un “periódico personalizado”. Dios-Zuckerber no financia periódicos ni periodistas, él organiza con sus “algoritmos asesinos” lo que otros producen. Lee por nosotros. Lo que les importa, a Amazon, Google y Facebook, es crear adictos a sus dispositivos para monopolizar los mercados. Sí, cobran poco, pero por nada y a cientos de millones. Zuckerber llama a eso “dar voz a todas las personas”.

Y lo más amenazante para nuestro futuro: están pervirtiendo las bases de nuestra democracia. Desactivan la función social de los medios de comunicación y de la producción de conocimiento, manipulan los procesos electorales. Lo consiguen desviando nuestra atención de las objetivos de sus algoritmos cuando nos guían. Zuckerberg lo confiesa con “ingenuidad”: “En muchos sentidos, Facebook se parece más a un gobierno que a una empresa tradicional”. Entendido, maestro.

«¿Quién le impedirá a Zuckerberg utilizar su poder imperial para orientar decisiones electorales hacia donde le convenga?»

Monopolizan el bien más preciado en la era de la Cuarta Revolución Industrial, los datos sobre cientos de millones de usuarios, infinitamente más valiosos hoy que lo fue el petróleo en su día. Y aún aumentarán su poder con el “internet de las cosas”. Añádase que para ellos la evasión fiscal es un juego de niños. Estos monstruos dominan los mercados con prácticas de monopolio y se está demostrando que, en el mundo de las “mente colmena”, pueden llegar a ser decisivos en la política. ¿Quién le va a impedir a Zuckerberg utilizar su poder imperial para orientar decisiones electorales hacia donde le convenga? Y la cuestión no es a quién apoye, sea de un color u otro, lo que importa es la concentración del poder.

Por salud democrática es urgente regular, y a fondo, este sector de las grandes tecnológicas, sobre todo teniendo en cuenta su velocidad de crecimiento. Facebook consiguió en solo ocho años mil millones de usuarios, y otros mil en cuatro más. Todos los estudios, como los de Eurostat, muestran una dependencia cada día mayor de los usuarios de estas tecnologías.

«Se necesitan con urgencia leyes y autoridades de protección de datos frente asalto diario a nuestra privacidad, como se da por hecho que se debe regular el tabaco o el alcohol»

Se necesitan con urgencia leyes y autoridades de protección de datos frente asalto diario a nuestra privacidad, como se da por hecho que se debe regular y actuar en control de alimentos, protección del medio ambiente, o contra productos peligrosos como el tabaco o el alcohol. Pero, como denuncia Roger Macnamee, un arrepentido del sector, “nadie ha encontrado una estrategia reguladora efectiva”.

Una idea del desconcierto en el que vivimos lo muestra la Comisión Global de Gobernanza de Internet, coordinada por el ex primer ministro sueco Carl Bildt, que recientemente ha publicado su informe “One Internet”. En él proponen ingenuas soluciones, como exigir transparencia a unas empresas que viven de la opacidad. Déjense de bromas, asalten las sedes donde se fabrican los “algoritmos asesinos”. El riesgo es que, después de haber logrado pasar de súbditos a ciudadanos, terminemos en simples ciborgs. ¿Hay mayor desafío?

Este artículo fue publicado originalmente en CuartoPoder.